El Foro Económico Mundial funciona como un club privado donde las mayores corporaciones y sus aliados políticos y académicos coordinan agendas globales sin control democrático. La membresía, escalonada por cuotas que compran influencia, consolida una jerarquía explícita: quien más paga, más define prioridades. No pretende representar a los ciudadanos; su razón de ser es articular intereses del capital transnacional y envolverlos en un discurso de “cooperación” y “soluciones globales”.
Su poder no es solo simbólico. Davos opera como centro de afinación estratégica: allí se fijan marcos —“stakeholders”, “resiliencia”, “sostenibilidad”— que luego viajan a gobiernos y organismos internacionales, convertidos en recomendaciones técnicas. Programas como Young Global Leaders siembran cuadros que replican esas lógicas en Estados, empresas y ONGs. Iniciativas bandera —del “Great Reset” a la “Cuarta Revolución Industrial”— proyectan hojas de ruta que, bajo promesas de inclusión y verde, refuerzan plataformas tecnológicas, finanzas y vigilancia, mientras desplazan costes a trabajadores y pymes.
La clave es la fabricación de consenso: conceptos elásticos que pueden rellenarse con políticas pro-mercado y pro-plataforma, presentadas como inevitables. Así, tras la crisis de 2008 el relato giró a “reconstruir confianza” sin cuestionar la financiarización; en la pandemia, a “reimaginar” el capitalismo sin tocar su arquitectura de poder. La coordinación con OMS, FMI, Banco Mundial u OCDE amplifica esta influencia: lo incubado en Davos reaparece normalizado como estándar internacional.
Si se busca reequilibrio democrático, el problema no es el foro en sí, sino su pretensión de marcar rumbos globales sin rendición de cuentas. Contrapesos exigirían transparencia radical de financiamiento e interlocutores, participación social real en el diseño de agendas y separación estricta entre lobby corporativo y elaboración de políticas públicas. Mientras no exista ese cortafuegos, Davos seguirá operando como un acelerador de decisiones que afectan a miles de millones… sin pasar por las urnas.