• Futuro

    DEL JUICIO CLÍNICO AL PROTOCOLO AUTOMÁTICO: LA MEDICINA COMO EJECUCIÓN

    La medicina no es sólo cálculo; es deliberación, contexto, prudencia, escucha. Históricamente, el médico integra datos clínicos con circunstancias singulares: historia personal, entorno, preferencias, factores psicológicos, intuiciones prudentes. Cuando la decisión se subordina a un sistema automatizado, esa riqueza se reduce a variables procesables. Y lo que se gana en eficiencia puede pagarse con una pérdida silenciosa: la capacidad humana de discernir lo que no cabe en una tabla.

    La presión institucional refuerza el desplazamiento: si el algoritmo recomienda una intervención y el profesional la cuestiona, puede temer consecuencias legales, reproches por desviarse del “estándar” o simplemente la autoridad epistémica atribuida al modelo (“la máquina lo sabe mejor”). Así, profesiones de cuidado corren el riesgo de transformarse en funciones de implementación: menos empatía y menos discreción, más cumplimiento. En lugar de acompañar personas, se gestionan casos; en lugar de tratar pacientes, se optimizan poblaciones. En este marco, la “presunción de enfermedad potencial” se vuelve arquitectura de gobierno: clasificaciones continuas que condicionan oportunidades y libertades “por tu bien”, basadas en futuros probabilísticos. Es un totalitarismo blando porque no necesita prohibir explícitamente: basta con distribuir ventajas y restricciones según perfiles de riesgo, siempre con lenguaje sanitario.

    Por eso, es inconcebible defender el ODS3 de la Agenda 2030 sin una vigilancia ética adicional: la salud es un bien, pero también puede ser un pretexto. Y la línea roja es nítida: una prevención que no respeta autonomía, explicabilidad y límites acaba siendo control. Todos elementos que la Agenda 2030 parece obviar…

  • Seguridad

    POLÍTICAS DE PREVENCIÓN: CÓMO CORTAR EL CICLO DE ACCIÓN‑REACCIÓN

    Diseñar una respuesta eficaz al terrorismo implica pensar más allá de la inmediatez. El primer pilar es la proporcionalidad: toda medida debe pasar la prueba de necesidad y mínima afectación a inocentes. El segundo es la transparencia: los errores existen, pero su corrección rápida evita que se conviertan en mitos movilizadores. El tercero, la inclusión: programas que integren a comunidades estigmatizadas abren canales alternativos a la violencia.

    A ello se suma la inteligencia centrada en redes, no en colectivos. Perfiles, patrones de comportamiento y flujos financieros ofrecen rastros más precisos que el simple criterio étnico o religioso. La coordinación judicial‑policial, con supervisión independiente, añade la certeza de que cada operación será evaluada a la luz de la ley y no del pánico.

    Finalmente, la comunicación estratégica debe anticipar la batalla narrativa. Explicar con claridad por qué se detiene a alguien, mostrar evidencias —cuando sea posible— y reconocer abusos antes de que los denuncie la otra parte refuerza la credibilidad institucional.

    Aplicar estos principios no blinda de nuevos atentados, pero reduce el terreno fértil donde germina el extremismo. En el fondo, la prevención exitosa no consiste en ganarle a la violencia un pulso de fuerza, sino en negarle el oxígeno político y social que la hace sostenible a largo plazo.