Por su naturaleza transversal, la competencia argumentativa es un componente esencial de la interacción humana. Mercedes Rodríguez Bello, autora venezolana especializada en lingüística, análisis del discurso y didáctica de la escritura académica, la define como la capacidad de producir argumentos sustentados en el ethos (autoridad moral y credibilidad del emisor), el logos (coherencia racional del discurso) y el pathos (dimensión emocional del mensaje).
Estas tres dimensiones, lejos de ser excluyentes, conforman una triada que sostiene la eficacia persuasiva y comunicativa de todo acto argumentativo. En todas las culturas, la habilidad para argumentar se asocia con el liderazgo, la influencia y la capacidad de resolver conflictos, pero ha sido en Occidente donde ha alcanzado un desarrollo particular, vinculado al ejercicio de la ciudadanía, la política deliberativa y el pensamiento científico. Saber argumentar bien no solo favorece el éxito en el ámbito político o profesional, sino que también fortalece los lazos comunitarios y familiares, al promover el diálogo y la toma de decisiones racionales.
En los contextos académicos, donde el conocimiento se preserva, genera y transmite a través de la escritura, la argumentación lógica constituye una condición intrínseca del discurso. Un texto sin una estructura argumentativa sólida carece de dirección y profundidad. En cambio, una argumentación bien construida otorga solidez epistémica al escrito y prestigio intelectual a su autor, pues revela dominio conceptual, claridad expositiva y sentido crítico. Así, la competencia argumentativa no solo se evalúa en función de la forma, sino también de la calidad ética y cognitiva del proceso de pensamiento que la sustenta.