El aporte más profundo de Toulmin no radica únicamente en la descripción de estos componentes, sino en su concepción de la racionalidad como práctica situada. Mientras la lógica formal exige verdades universales y atemporales, la lógica de Toulmin se funda en criterios de justificación dependientes del campo: lo que constituye una buena evidencia en biología puede no serlo en derecho o en ética.
Cada disciplina -cada field of argument– posee sus propias normas de validación, lo cual implica que la solidez de un argumento no depende de una estructura rígida, sino de la adecuación entre sus elementos y el contexto discursivo en el que se enuncia. Esta concepción encaja de manera natural con el razonamiento inductivo, que no pretende demostrar conclusiones necesarias, sino construir convicciones plausibles. En este sentido, el modelo de Toulmin dota a la argumentación inductiva de una arquitectura interna: muestra cómo se pasa de la evidencia a la conclusión mediante un sistema de garantías y respaldos que sostienen la legitimidad del paso inferencial. Así, el proceso argumentativo se revela no como una simple suma de datos, sino como una cadena de justificaciones que conecta observaciones empíricas, principios generales y conclusiones plausibles.
