Cuando el foco son las capacidades, las métricas tradicionales se vuelven insuficientes. El crecimiento puede convivir con privaciones decisivas; y promedios nacionales pueden esconder desigualdades estructurales. Por eso, el enfoque inspira mediciones multidimensionales y comparaciones más honestas sobre lo que la gente puede hacer y ser.
En este terreno ha trabajado con especial claridad Sabina Alkire, insistiendo en que medir bienestar exige mirar dimensiones y también conversiones: no solo “qué hay”, sino “qué permite” en contextos concretos. La pregunta política deja de ser “¿cuánto invertimos?” y pasa a ser “¿qué libertades reales se han expandido, para quién, y con qué barreras todavía presentes?”
Esto no es solo metodología; es ética aplicada. Y, en la práctica, obliga a vigilar tres trampas: tecnocracia (capacidad como checklist), confusión de medios con fines (acceso como libertad) e invisibilización del poder (quién controla condiciones e incentivos).
El enfoque funciona mejor cuando se convierte en conversación pública exigente, no en lenguaje decorativo.