• Futuro

    LA FRAGILIDAD DE UNA SANIDAD SIN PLAN B

    Hay una paradoja inquietante en la digitalización total: cuanto más eficiente parece, más vulnerable puede volverse. A medida que se automatizan funciones, las capacidades humanas se atrofian: profesionales que dependen de sistemas de apoyo al diagnóstico pierden confianza en su criterio; administrativos que sólo conocen lo digital no saben operar en papel; los protocolos “manuales” desaparecen. Se crea así un punto único de fallo: si el sistema cae, cae todo.

    Los casos de ataques de ransomware o fallos críticos lo ilustran con crudeza: cirugías canceladas, ambulancias desviadas, hospitales paralizados. Y, al intentar volver a lo analógico, se descubre que la alternativa ya no existe: ni procesos, ni plantillas, ni entrenamiento. La eficiencia había desplazado la resiliencia. Lo que se ganó en rapidez se perdió en capacidad de respuesta ante crisis.

    Esta es la parte menos discutida del ODS3: la salud y el bienestar no dependen sólo de “tecnología avanzada”, sino de infraestructuras robustas y de una gobernanza que valore la continuidad del cuidado por encima del brillo innovador. Una sanidad madura no demoniza lo digital, pero tampoco lo absolutiza: mantiene redundancias, entrena planes de contingencia y protege el saber humano que permite funcionar cuando la pantalla se apaga. Porque una cosa es modernizar, y otra es hacer inimaginable cualquier forma de atención sin vigilancia y dependencia digital extensiva.