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    Aprender a preguntar: un pequeño ejercicio de libertad interior

    Hay una forma silenciosa de confusión que no viene de la falta de información, sino de la falta de criterio. Vivimos expuestos a discursos que apelan a lo urgente, a lo emotivo o a lo “incuestionable”, y es fácil terminar aceptando frases bonitas sin haberlas comprendido del todo. En el fondo, muchas veces no nos falta inteligencia: nos falta el hábito de preguntar con calma, de pedir claridad, de distinguir lo que es un hecho de lo que es una interpretación, y de reconocer cuándo una causa noble está siendo usada como atajo para pedir adhesión.

    Por eso quiero presentar un pequeño proyecto paralelo de formación: Preguntas Incómodas. La propuesta es sencilla: recuperar el valor de la pregunta como acto de responsabilidad. El primer cuaderno es general y muy breve: muestra por qué las preguntas son necesarias, señala algunas trampas habituales del lenguaje público y ofrece un checklist reducido de preguntas para ejercitar una mirada más lúcida. No se trata de sospechar de todo, ni de discutir sin descanso, sino de hacer algo más humano y más cristiano: buscar la verdad con paciencia, sin dejarnos arrastrar por el ruido.

    En tiempos de confusión, la claridad no siempre llega por acumular argumentos, sino por aprender a empezar bien. Y empezar bien, muchas veces, significa esto: preguntar mejor.