La digitalización tiende a reforzar el dominio biomédico por una razón simple: es lo más algoritmizable. Historias clínicas electrónicas, códigos diagnósticos, biomarcadores, guías clínicas, wearables… todo está diseñado para convertir el cuerpo en datos estructurados. El problema no es medir, sino lo que queda fuera de la medición: ¿cómo se codifica la armonía, el equilibrio, el sentido comunitario, la conexión con la tierra o dimensiones espirituales que muchas tradiciones consideran centrales para la salud?
En ese punto, la infraestructura técnica se convierte en infraestructura cultural. Lo que no se puede digitalizar se vuelve invisible para el sistema: no porque sea falso, sino porque no encaja en sus categorías. La consecuencia práctica es potente: si una comunidad necesita hablar de su bienestar en su propio lenguaje, el sistema le exige traducirse al lenguaje biomédico para ser escuchada. Y esa traducción no es neutra: cambia prioridades, redefine problemas y condiciona las soluciones disponibles.
Así, la estandarización necesaria para operar a escala puede transformarse en homogeneización. No hace falta prohibir otros enfoques: basta con no reconocerlos como “reales” a efectos de diagnósticos, seguros, prestaciones o legitimidad institucional. Si el ODS3 busca bienestar, el reto es evitar que la salud digital convierta el pluralismo humano en una nota al pie.