• Geopolítica

    UIT: EL GOBIERNO INVISIBLE DE LAS COMUNICACIONES

    La Unión Internacional de Telecomunicaciones, UIT, actúa como el gran árbitro de la conectividad global: reparte el espectro radioeléctrico y asigna órbitas satelitales, recursos escasos de los que dependen telefonía, internet, navegación aérea y marítima, observación terrestre y defensa. Su narrativa es la de la cooperación técnica y la inevitabilidad del progreso; su poder real, el de fijar quién puede emitir, con qué tecnología y bajo qué condiciones. En la práctica, decisiones presentadas como “neutrales” moldean la manera en que miles de millones de personas se comunican.

    La gobernanza híbrida —Estados junto a centenares de actores privados y académicos— se resuelve en comisiones altamente técnicas donde quien dispone de músculo financiero y equipos especializados marca la agenda. Aunque muchas resoluciones se llaman “recomendaciones”, operan como normas de facto: la necesidad de interoperar convierte el “soft law” en obligación práctica. Así, estándares y planes de bandas no solo impulsan determinadas tecnologías y proveedores; también dejan en la cuneta alternativas que podrían favorecer autonomía local.

    Las implicaciones geopolíticas son claras. Al definir usos del espectro y corredores orbitales, la UIT influye en capacidades civiles y militares, en la vigilancia, en la resiliencia de infraestructuras críticas y en la balanza de poder entre plataformas centralizadas y soluciones descentralizadas. Bajo programas de inclusión digital y asistencia técnica, se crean dependencias tecnológicas que alinean a países en desarrollo con arquitecturas y equipos de los actores dominantes, reforzando un mapa de control que se decide lejos del escrutinio ciudadano.

    Reequilibrar este ecosistema exigiría transparencia radical en procesos y patentes, salvaguardas de interés público (privacidad por diseño, límites a la concentración), cuotas efectivas para países con menor capacidad técnica, evaluación de impacto social antes de estandarizar y una agenda explícita para interoperabilidad abierta y soluciones distribuidas. Sin estos contrapesos, la UIT seguirá operando como un gobierno tecnocrático invisible: eficiente, sí, pero inclinado a consolidar el poder de quienes ya controlan la infraestructura de nuestro siglo.

  • Geopolítica

    W3C: CUANDO LOS ESTÁNDARES DICTAN LA POLÍTICA

    El W3C (World Wide Web Consortium) es el arquitecto invisible de la Web: define los lenguajes y protocolos que usamos a diario y, con ellos, las formas en que millones de personas acceden, crean y comparten información. Su imagen de neutralidad técnica y cooperación abierta convive con un hecho incómodo: convertir decisiones políticas sobre comunicación, privacidad y competencia en “estándares” supuestamente apolíticos. En ese tránsito, un puñado de grandes plataformas y élites técnicas fijan el rumbo de la infraestructura digital global.

    La gobernanza por “consenso”, la membresía de pago y el trabajo en grupos altamente especializados elevan barreras de entrada que favorecen a quienes tienen músculo financiero y plantillas de ingenieros. La llamada “soft law” de los estándares termina operando como ley dura: lo que el W3C aprueba se convierte en norma de facto para navegadores, servicios y dispositivos. También pesan incentivos que anclan el statu quo —como políticas de patentes “royalty-free” diseñadas para maximizar adopción por parte de incumbentes— y la coordinación con otros consorcios técnicos que actúan como un gobierno digital sin urnas.

    Las consecuencias se sienten en la capa social: marcos de “privacidad” que legitiman modelos de extracción de datos mediante avisos y cookies; capacidades del navegador (geolocalización, acceso a cámara/micrófono, almacenamiento) desplegadas como mejoras de experiencia, pero útiles para vigilancia y perfiles invasivos; y una preferencia estructural por arquitecturas centralizadas que consolidan plataformas, frente a alternativas descentralizadas que devolverían soberanía a usuarios y comunidades.

    Reequilibrar exige abrir la caja negra: representación real de usuarios y actores públicos, evaluaciones de impacto social y de competencia antes de estandarizar, compatibilidad obligatoria con privacidad por diseño, y una agenda explícita para protocolos descentralizados e interoperabilidad fuerte. Si no, seguiremos confundiendo “técnico” con “neutral”: los estándares continuarán decidiendo, de forma silenciosa, cuestiones que deberían debatirse políticamente.