• Futuro,  Libertad

    CONSENTIR NO ES FIRMAR: EL CONSENTIMIENTO COMO PROCESO, NO COMO TRÁMITE

    El consentimiento informado se define con cuatro requisitos —libre, específico, informado e inequívoco— y, sobre el papel, parece una garantía sólida de autonomía. Pero en la práctica sanitaria contemporánea, muchas veces se degrada a un gesto administrativo: un formulario, una casilla, una firma. Y cuando el consentimiento se vuelve rutina burocrática, deja de ser un acto humano de deliberación para convertirse en un salvoconducto institucional.

    La clave está en entender que “libre” no significa únicamente “sin amenaza directa”. La coerción también puede ser estructural: elegir entre un tratamiento económicamente ruinoso o el empeoramiento de la salud no es una elección auténtica, aunque nadie presione con palabras. De igual modo, “específico” e “informado” se vuelven frágiles cuando la complejidad técnica obliga a simplificar, cuando la jerga sustituye a la comprensión real o cuando la incertidumbre se presenta con un barniz de certeza que tranquiliza, pero no ilumina.

    Si el ODS3 habla de salud y bienestar, conviene defender una idea fuerte: sin consentimiento genuino no hay cuidado, hay gestión. Y el cuidado empieza cuando el sistema acepta que la autonomía no se “cumple” con una firma, sino que se cultiva con tiempo, claridad, posibilidad real de alternativas y respeto a valores personales que no siempre coinciden con la lógica de maximización de resultados clínicos.

  • Futuro

    DEL JUICIO CLÍNICO AL PROTOCOLO AUTOMÁTICO: LA MEDICINA COMO EJECUCIÓN

    La medicina no es sólo cálculo; es deliberación, contexto, prudencia, escucha. Históricamente, el médico integra datos clínicos con circunstancias singulares: historia personal, entorno, preferencias, factores psicológicos, intuiciones prudentes. Cuando la decisión se subordina a un sistema automatizado, esa riqueza se reduce a variables procesables. Y lo que se gana en eficiencia puede pagarse con una pérdida silenciosa: la capacidad humana de discernir lo que no cabe en una tabla.

    La presión institucional refuerza el desplazamiento: si el algoritmo recomienda una intervención y el profesional la cuestiona, puede temer consecuencias legales, reproches por desviarse del “estándar” o simplemente la autoridad epistémica atribuida al modelo (“la máquina lo sabe mejor”). Así, profesiones de cuidado corren el riesgo de transformarse en funciones de implementación: menos empatía y menos discreción, más cumplimiento. En lugar de acompañar personas, se gestionan casos; en lugar de tratar pacientes, se optimizan poblaciones. En este marco, la “presunción de enfermedad potencial” se vuelve arquitectura de gobierno: clasificaciones continuas que condicionan oportunidades y libertades “por tu bien”, basadas en futuros probabilísticos. Es un totalitarismo blando porque no necesita prohibir explícitamente: basta con distribuir ventajas y restricciones según perfiles de riesgo, siempre con lenguaje sanitario.

    Por eso, es inconcebible defender el ODS3 de la Agenda 2030 sin una vigilancia ética adicional: la salud es un bien, pero también puede ser un pretexto. Y la línea roja es nítida: una prevención que no respeta autonomía, explicabilidad y límites acaba siendo control. Todos elementos que la Agenda 2030 parece obviar…