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    EL RIESGO DE PATOLOGIZAR LA VIDA

    Cuando el sistema define salud con umbrales, métricas y categorías, no sólo describe: prescribe. La medicalización amplía el territorio de lo clínico: variaciones humanas se convierten en trastornos; el envejecimiento se trata como enfermedad; el malestar social se reinterpreta como disfunción individual. Y los algoritmos aceleran este proceso al codificar qué es “normal” y qué es “riesgo” mediante parámetros que parecen objetivos, pero son productos de consensos sociales, incentivos institucionales y marcos culturales concretos.

    El ejemplo de los “10.000 pasos” ilustra el mecanismo: una métrica convertida en norma que puede etiquetar como “inactiva” a una persona cuya vida, trabajo o condición física no encaja en ese molde, aunque su bienestar sea alto por otras vías. Lo mismo ocurre en salud mental cuando una app traduce el sufrimiento a un único marco terapéutico: útil para muchos, insuficiente para otros. En poblaciones marginadas, el impacto es mayor: tradiciones indígenas, personas con discapacidad o minorías históricamente patologizadas pueden experimentar la estandarización como una presión para verse a sí mismos bajo categorías deficitarias.

    La OMS propone una definición amplia de salud (bienestar físico, mental y social), pero los sistemas digitales tienden a operar con lo estrecho porque es lo medible. Por eso, resistir la definición tecnocrática de salud no significa negar la ciencia, sino recordar que la salud también es una cuestión de sentido, valores y convivencia. Si el ODS3 quiere ser humano, el sistema debería admitir deliberación democrática sobre qué se mide, por qué se mide y quién decide los umbrales que gobiernan vidas.