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    TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LA PERSONA

    Toda economía, ya sea analógica o digital, debería responder a una única pregunta ética: ¿está al servicio de la persona humana y del bien común? El desarrollo del euro digital y de sistemas de identidad digital solo será legítimo si se subordinan a este principio. No basta con que funcionen; deben respetar la dignidad de cada ser humano, promover la libertad real y fortalecer el tejido social.

    El riesgo no está solo en el control o la vigilancia, sino en la deshumanización: que el ciudadano se convierta en un dato, el pobre en un problema logístico y el bien común en una estadística. Frente a esto, hay que recordar que la persona es más que su huella digital. Tiene conciencia, historia, vínculos, valores. Y todo sistema que ignore esto está condenado a convertirse, más tarde o más temprano, en herramienta de dominación.

    Por eso, la subordinación de la tecnología al bien común no es una opción, sino una exigencia moral. Necesitamos repensar el diseño de nuestras herramientas desde la ética, no desde la eficiencia. Porque una economía digital que no puede garantizar libertad, justicia e inclusión no es un progreso: es una trampa. Y el verdadero futuro está en sistemas que liberen, no que condicionen; que respeten, no que manipulen.

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    TRANSPARENCIA Y SUPERVISIÓN ÉTICA

    Una economía digital justa no puede construirse sobre cajas negras. El desarrollo del euro digital y de sistemas de identidad digital requiere algo más que innovación técnica: necesita una supervisión ética clara, independiente y transparente, que garantice que el poder no se concentre en manos de unos pocos y que los abusos sean prevenidos antes de que ocurran.

    Cuando las reglas del juego las escriben los mismos que gestionan la tecnología, el riesgo de arbitrariedad aumenta. ¿Quién decide qué datos se recogen, quién los ve, con qué fines se usan? ¿Quién audita los algoritmos que programan nuestras monedas, bloquean nuestras cuentas o definen nuestras opciones de consumo? La ética no puede ser solo una declaración de intenciones: debe traducirse en estructuras reales de vigilancia democrática.

    Por eso es necesario que existan organismos autónomos, con participación ciudadana y expertos en derechos fundamentales, que auditen el sistema económico digital. Que la transparencia sea no solo un principio técnico, sino una garantía humana. Porque la confianza en la tecnología no se basa en la fe ciega, sino en la certeza de que hay límites, responsabilidades y mecanismos de corrección. La tecnología debe estar al servicio de la verdad y de la justicia, no de intereses ocultos.

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    INCLUSIÓN Y NO DISCRIMINACIÓN TECNOLÓGICA

    En cualquier transición tecnológica, la primera víctima suele ser el más débil. El paso hacia una economía basada exclusivamente en el euro digital corre el riesgo de excluir a millones de personas que no tienen acceso, habilidades o confianza en el entorno digital. Personas mayores, familias sin conectividad, migrantes, personas con discapacidad o quienes viven en zonas rurales podrían verse marginados no por mala voluntad, sino por diseño.

    Un sistema económico justo no puede permitirse crear ciudadanos de primera y de segunda. Si el dinero físico desaparece, aquellos que no se adapten al nuevo entorno digital podrían quedar fuera de servicios esenciales, de ayudas, de relaciones comerciales básicas. Esto no es solo un problema técnico: es una herida en el corazón de la justicia social. La inclusión no puede ser un añadido, debe estar en el ADN de cualquier política económica digital.

    Desde una perspectiva ética, la tecnología debe estar al servicio del ser humano, no al revés. Eso implica que toda innovación, por muy eficiente que sea, debe garantizar alternativas accesibles y comprensibles para todos. Incluir es más que permitir: es acompañar, formar y adaptar el sistema para que nadie quede fuera. Porque en una sociedad verdaderamente justa, nadie es descartable.

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    LIBERTAD DE USO Y POSESIÓN DEL DINERO: SIN AUTONOMÍA NO HAY JUSTICIA

    Uno de los pilares fundamentales de una economía libre y humana es que las personas puedan poseer y usar su dinero con autonomía. No hablamos solo de la capacidad de gastar, sino del derecho profundo a decidir cómo, cuándo y en qué empleamos nuestros recursos sin que una autoridad central condicione esas decisiones con filtros ideológicos, restricciones arbitrarias o mecanismos de control sutil.

    Con la llegada del euro digital, este principio está en riesgo. Si todo el dinero existe solo en forma digital, y además es programable, podría limitarse su uso según criterios externos: tal subvención solo se puede gastar en ciertos productos; tal ayuda expira si no se usa a tiempo; tal usuario no puede hacer transferencias si no cumple determinados requisitos. Esto transforma el dinero en una herramienta de condicionamiento y erosiona la libertad individual.

    Desde una perspectiva ética y cristiana, el uso responsable del dinero es parte de la libertad moral de la persona. No se puede reducir a un código ni a un algoritmo. La justicia requiere reconocer que el dinero no es del Estado ni de una corporación tecnológica: es del ciudadano. Y solo cuando este tiene la garantía de usarlo según su conciencia, el sistema económico puede decirse verdaderamente justo.