En el póker geopolítico, Rusia juega con dos ases: el suministro energético y la exportación de cereales. Más del 40 % del gas que calienta hogares europeos proviene de sus gasoductos. Cerrar la llave sería —y sigue siendo— un arma más efectiva que cualquier amenaza nuclear: un invierno sin calefacción haría tambalear gobiernos antes de que se disparara un solo misil.
El trigo es la segunda palanca. Moscú figura entre los tres mayores vendedores mundiales y abastece sobre todo a Oriente Medio. Cuando los precios del cereal se triplican, como ocurrió tras anteriores disrupciones rusas, la inestabilidad política se propaga: basta recordar cómo la carestía del pan encendió la Primavera Árabe. Si el conflicto se prolonga, la presión sobre la cadena alimentaria global podría reproducir aquel escenario a escala mayor.
Así, la invasión no solo se libra en trincheras; también se combate en bolsas de futuros y termostatos domésticos. Cada sanción occidental está condicionada por el temor a encarecer la energía y los alimentos propios. Moscú lo sabe y explota esa dependencia para financiar su campaña y dividir a sus adversarios.