Reanudamos los sábados geopolíticos con una serie de 4 posts sobre la guerra Ucrania-Rusia.
La historia de Rusia demuestra que el país nunca se ha sentido cómodo con fronteras “abiertas”. Desde los zares hasta el Kremlin contemporáneo, la estrategia ha sido crear un colchón de territorios propios o satélites que protejan el corazón político-económico situado entre Moscú y San Petersburgo. Sin Ucrania, Rusia pierde acceso directo al mar Negro y la puerta al Mediterráneo, además de quedar expuesta a la OTAN en una llanura sin defensas naturales.
Ese vacío geográfico se hace todavía más dramático si recordamos que gran parte del suelo ruso es permafrost no apto para la agricultura. Sin puertos de aguas cálidas ni rutas terrestres controladas, la llegada de energía, alimentos y bienes estratégicos queda a merced de terceros. De ahí que cualquier intento de Kiev por acercarse a la Alianza Atlántica sea percibido como una amenaza existencial y no un simple giro diplomático.
Al invadir, Moscú también manda un mensaje a otras repúblicas ex-soviéticas: nadie abandonará su esfera de influencia sin asumir un coste altísimo. Este gesto disuasorio —por brutal que resulte— busca conservar la profundidad defensiva imprescindible para un país cuya historia está plagada de invasiones a campo abierto, desde Napoleón hasta la Alemania nazi.