Agenda2030,  Futuro

EL VERDADERO DESARROLLO SERÍA NUESTRA AUSENCIA

Tras décadas de “cooperación al desarrollo”, programas de ajuste estructural, asistencia técnica, y ahora financiamiento climático, cabe preguntar: ¿y si el verdadero desarrollo del Sur Global requiriera simplemente que Occidente se marchara? No más “ayuda” condicionada que destruye industrias locales. No más consultores expatriados que cobran fortunas por imponer soluciones diseñadas en capitales occidentales. No más condicionalidades de FMI que subordinan políticas económicas a aprobación externa. No más corporaciones multinacionales extrayendo recursos mediante concesiones negociadas con élites corruptas que Occidente apoyó. Simplemente: ausencia de interferencia occidental que permita a países del Sur determinar sus propias prioridades democráticamente y desarrollarse según sus contextos específicos.

Históricamente, los países que se desarrollaron exitosamente lo hicieron rechazando condicionalidades externas y determinando soberanamente sus estrategias. Japón durante la Restauración Meiji protegió agresivamente industrias nacientes y aprendió de Occidente sin subordinarse. Corea del Sur se industrializó mediante proteccionismo extremo, subsidios masivos, y rechazo de consejos de FMI y Banco Mundial. China ignoró prescripciones occidentales de “liberalización rápida” y se desarrolló mediante capitalismo de Estado, control de capitales, y protección estratégica de sectores clave. Los países que aceptaron sumisamente “ayuda” y “consejos” occidentales -siguiendo programas de ajuste estructural del FMI, abriendo mercados precipitadamente, privatizando empresas estatales- permanecen mayoritariamente dependientes y subdesarrollados décadas después.

La presencia occidental en el Sur Global -corporaciones extrayendo recursos, bancos imponiendo deuda, organismos internacionales condicionando políticas, ONGs implementando proyectos diseñados externamente- no es solución al subdesarrollo sino frecuentemente su causa. El desarrollo genuino requeriría que países del Sur pudieran: explotar sus recursos naturales para su propio beneficio en lugar de exportarlos sin procesar hacia Occidente, proteger industrias emergentes de competencia desleal de multinacionales hasta alcanzar competitividad, determinar sus propias políticas energéticas según necesidades locales sin condicionamiento climático externo, comerciar entre sí (cooperación Sur-Sur) sin intermediación occidental que captura valor, y experimentar con modelos de desarrollo apropiados a sus contextos sin imposición de recetas universales. El mayor regalo que Occidente podría dar al Sur Global no es más “ayuda” sino soberanía genuina: la libertad de desarrollarse o no desarrollarse, de industrializarse o mantener economías tradicionales, de priorizar crecimiento o sostenibilidad, todo ello según decisiones tomadas democráticamente por quienes viven las consecuencias, no por burócratas en Bruselas o Washington que nunca asumirán costos de sus prescripciones fallidas.