Una de las aportaciones más finas del enfoque de las capacidades es explicar por qué el mismo recurso produce efectos distintos. Entre el recurso (por ejemplo, un ingreso, una ayuda, un servicio) y el funcionamiento (por ejemplo, estar bien nutrido, desplazarse, estudiar) existen los llamados factores de conversión: condiciones personales, sociales y ambientales que determinan si algo se transforma —o no— en vida posible.
Piénsalo en términos cotidianos: una misma dieta no nutre igual a una persona con alergias, a alguien embarazado o a quien realiza trabajo físico intenso. Lo mismo ocurre con educación, vivienda o tecnología: el “valor real” depende de contextos y de barreras. Medir solo el recurso puede ser cómodo, pero es epistemológicamente pobre: describe el “input”, no la libertad efectiva.
Este punto tiene un enorme potencial para el pensamiento crítico: nos vacuna contra diagnósticos simplistas del tipo “si ya hay acceso, el problema está resuelto”. A veces, lo más decisivo no es añadir más recursos, sino derribar las barreras que impiden convertirlos en capacidades.