Futuro,  Libertad

LA FICCIÓN DEL “CONSENTIMIENTO INFORMADO” EN TIEMPOS DE PRISA E INCERTIDUMBRE

Para que el consentimiento sea informado, el paciente debería comprender naturaleza del procedimiento, riesgos y beneficios, alternativas (incluida la de no hacer nada) y consecuencias previsibles. Sin embargo, el consentimiento se pide a menudo en el peor momento: con dolor, ansiedad, miedo o fatiga. En ese contexto, la mente busca señales de calma más que comprensión profunda, y la autoridad del profesional pesa más de lo que quisiéramos admitir. No es culpa del paciente: es una condición humana.

A esto se suma una asimetría inevitable. El profesional no solo sabe más; también decide qué simplificar, qué enfatizar y qué omitir. Esa “traducción” no es neutral: está atravesada por prioridades, hábitos de práctica, marcos institucionales y, a veces, por el deseo legítimo de tranquilizar. Pero tranquilizar no siempre equivale a informar. Un “90% de éxito” puede sonar contundente y, sin embargo, ocultar qué se entiende por éxito, en qué población se midió, qué efectos secundarios se consideran aceptables o cuánto varía la respuesta en casos singulares.

El resultado es una paradoja: el consentimiento se exige como garantía de autonomía justo cuando la autonomía es más vulnerable. Si queremos que el ODS3 no se reduzca a indicadores, necesitamos recuperar el consentimiento como un acto con densidad humana: tiempo real de deliberación, lenguaje llano, exposición honesta de incertidumbres y un espacio donde el paciente pueda preguntar sin sentir que estorba.