• Futuro,  Geopolítica

    RESILIENCIA NO ES RESIGNARSE

    Cuando se habla hoy de resiliencia, muchas veces se hace en términos tan vagos que la palabra corre el riesgo de vaciarse. A veces parece significar simplemente soportar mejor el daño, adaptarse con más rapidez o asumir que el sistema seguirá siendo frágil y que lo único posible es aprender a reaccionar un poco mejor. Pero entendida así, la resiliencia resulta demasiado pobre.

    Una resiliencia seria exige algo más: revisar la arquitectura del sistema. Exige preguntarse qué dependencias se han concentrado demasiado, qué corredores han adquirido un peso excesivo, qué redundancias se han eliminado imprudentemente y qué sectores han quedado sometidos a lógicas de externalización o de fragilidad estratégica que luego se presentan como inevitables. No se trata sólo de aguantar mejor, sino de repensar mejor.

    Eso implica recuperar criterios que durante mucho tiempo fueron relegados por el prestigio casi absoluto de la eficiencia. Diversificación real, redundancia razonable, proximidad estratégica en ciertos ámbitos, soberanía funcional e inteligibilidad pública de la infraestructura no son caprichos ni nostalgias. Son elementos de una arquitectura más prudente, más legible y, en último término, más libre.

    Por eso la resiliencia no debería entenderse como resignación ante un mundo inevitablemente frágil. Debería entenderse como una forma de lucidez. La lucidez de reconocer que la vulnerabilidad no cae del cielo, sino que suele estar ligada a decisiones históricas concretas. Y la lucidez de admitir que, si esas decisiones fueron construidas, también pueden ser discutidas, corregidas y repensadas. No para imaginar un mundo perfecto, sino para dejar de aceptar como natural una fragilidad que muchas veces ha sido diseñada.

  • Economía,  Geopolítica

    LA FALSA PROMESA DE LA EFICIENCIA

    Pocas ideas han gozado de tanto prestigio en las últimas décadas como la eficiencia. Producir más rápido, transportar mejor, reducir costes, afinar cadenas, eliminar redundancias y minimizar márgenes ociosos parecía una forma casi indiscutible de racionalidad. El sistema global fue perfeccionándose precisamente bajo ese criterio: velocidad, ajuste continuo y optimización constante.

    El problema aparece cuando la eficiencia deja de ser un criterio entre varios y se convierte en la medida casi absoluta de lo razonable. Entonces todo aquello que introduce reserva, lentitud, redundancia o proximidad empieza a parecer un residuo del pasado. La prudencia material pierde prestigio. La capacidad de absorción del daño se trata como un lujo. Y lo que en otros contextos podía entenderse como margen de seguridad empieza a verse sólo como coste inútil.

    Sin embargo, una economía muy eficiente en tiempos normales puede ser bastante frágil en tiempos de tensión. La optimización extrema funciona mientras el entorno sigue siendo relativamente estable. Pero cuando aparece una perturbación seria, descubrimos que el sistema había sacrificado demasiadas reservas, demasiadas trayectorias alternativas y demasiada capacidad de adaptación real. Lo que se llamó flexibilidad empieza entonces a parecerse mucho a una rigidez cuidadosamente maquillada.

    Por eso conviene desconfiar un poco del culto unilateral a la eficiencia. No porque haya que despreciarla, sino porque no basta para evaluar la calidad de un sistema. Una red verdaderamente racional no debería medirse sólo por lo bien que funciona en condiciones favorables, sino también por su capacidad de sostener la continuidad cuando las cosas empeoran. Y desde esa perspectiva, algunas de las grandes virtudes del orden global reciente empiezan a mostrar un reverso mucho menos tranquilizador.

  • Citas

    Uno está tan expuesto a la crítica como a la gripe

    Friedrich Dürrenmatt