Futuro,  Geopolítica

RESILIENCIA NO ES RESIGNARSE

Cuando se habla hoy de resiliencia, muchas veces se hace en términos tan vagos que la palabra corre el riesgo de vaciarse. A veces parece significar simplemente soportar mejor el daño, adaptarse con más rapidez o asumir que el sistema seguirá siendo frágil y que lo único posible es aprender a reaccionar un poco mejor. Pero entendida así, la resiliencia resulta demasiado pobre.

Una resiliencia seria exige algo más: revisar la arquitectura del sistema. Exige preguntarse qué dependencias se han concentrado demasiado, qué corredores han adquirido un peso excesivo, qué redundancias se han eliminado imprudentemente y qué sectores han quedado sometidos a lógicas de externalización o de fragilidad estratégica que luego se presentan como inevitables. No se trata sólo de aguantar mejor, sino de repensar mejor.

Eso implica recuperar criterios que durante mucho tiempo fueron relegados por el prestigio casi absoluto de la eficiencia. Diversificación real, redundancia razonable, proximidad estratégica en ciertos ámbitos, soberanía funcional e inteligibilidad pública de la infraestructura no son caprichos ni nostalgias. Son elementos de una arquitectura más prudente, más legible y, en último término, más libre.

Por eso la resiliencia no debería entenderse como resignación ante un mundo inevitablemente frágil. Debería entenderse como una forma de lucidez. La lucidez de reconocer que la vulnerabilidad no cae del cielo, sino que suele estar ligada a decisiones históricas concretas. Y la lucidez de admitir que, si esas decisiones fueron construidas, también pueden ser discutidas, corregidas y repensadas. No para imaginar un mundo perfecto, sino para dejar de aceptar como natural una fragilidad que muchas veces ha sido diseñada.