Economía,  Geopolítica

LA FALSA PROMESA DE LA EFICIENCIA

Pocas ideas han gozado de tanto prestigio en las últimas décadas como la eficiencia. Producir más rápido, transportar mejor, reducir costes, afinar cadenas, eliminar redundancias y minimizar márgenes ociosos parecía una forma casi indiscutible de racionalidad. El sistema global fue perfeccionándose precisamente bajo ese criterio: velocidad, ajuste continuo y optimización constante.

El problema aparece cuando la eficiencia deja de ser un criterio entre varios y se convierte en la medida casi absoluta de lo razonable. Entonces todo aquello que introduce reserva, lentitud, redundancia o proximidad empieza a parecer un residuo del pasado. La prudencia material pierde prestigio. La capacidad de absorción del daño se trata como un lujo. Y lo que en otros contextos podía entenderse como margen de seguridad empieza a verse sólo como coste inútil.

Sin embargo, una economía muy eficiente en tiempos normales puede ser bastante frágil en tiempos de tensión. La optimización extrema funciona mientras el entorno sigue siendo relativamente estable. Pero cuando aparece una perturbación seria, descubrimos que el sistema había sacrificado demasiadas reservas, demasiadas trayectorias alternativas y demasiada capacidad de adaptación real. Lo que se llamó flexibilidad empieza entonces a parecerse mucho a una rigidez cuidadosamente maquillada.

Por eso conviene desconfiar un poco del culto unilateral a la eficiencia. No porque haya que despreciarla, sino porque no basta para evaluar la calidad de un sistema. Una red verdaderamente racional no debería medirse sólo por lo bien que funciona en condiciones favorables, sino también por su capacidad de sostener la continuidad cuando las cosas empeoran. Y desde esa perspectiva, algunas de las grandes virtudes del orden global reciente empiezan a mostrar un reverso mucho menos tranquilizador.