• Sociedad

    Tecnocracia y opacidad: el nuevo rostro del poder

    Una de las características más llamativas del poder contemporáneo es que ya no siempre se presenta como poder. Muchas veces aparece como técnica. Se expresa mediante protocolos, indicadores, plataformas, automatizaciones, informes y decisiones envueltas en lenguaje experto. Todo ello puede ser legítimo y necesario en sociedades complejas. El problema comienza cuando lo técnico deja de ser herramienta de servicio y empieza a funcionar como escudo frente al escrutinio ciudadano.

    En ese punto, la opacidad se vuelve una forma de poder. Cuanto menos inteligible es un sistema, más valor adquieren quienes saben descifrarlo o influir sobre él. La complejidad deja entonces de ser una dificultad inevitable y pasa a convertirse en recurso para determinados actores. Ya no se necesita una prohibición abierta para excluir. Basta con diseñar entornos donde sólo algunos puedan participar con verdadera soltura. Así, la tecnocracia no elimina la política; simplemente la oculta detrás de un lenguaje que parece neutral.

    La digitalización ha intensificado este fenómeno. Puede simplificar procesos, abaratar costes y hacer más trazable la acción pública. Pero también puede crear nuevas dependencias si el ciudadano queda sometido a interfaces opacas, decisiones parametrizadas o recorridos administrativos que nadie le explica con claridad suficiente. Entonces la tecnología no amplía la autonomía, sino que la condiciona. El problema no es la herramienta en sí, sino el modo en que se integra dentro de una estructura institucional.

    Por eso el pensamiento crítico tiene aquí una tarea importante. No se trata de demonizar la técnica, pero tampoco de tratarla como si fuese inocente por definición. La pregunta clave sigue siendo política: quién diseña, bajo qué incentivos, con qué controles y para beneficio de quién. Cuando olvidamos esa pregunta, corremos el riesgo de aceptar como simple modernización lo que en realidad puede ser una forma nueva de extracción silenciosa. Y quizá pocas cosas resulten hoy más necesarias que aprender a mirar detrás del procedimiento para ver de nuevo la estructura de poder que lo sostiene.

  • Globalización

    MILITARIZACIÓN Y DIGITALIZACIÓN: LOS NUEVOS ROSTROS DE LA GLOBALIZACIÓN (4)

    Curiosamente, mientras las dimensiones económica y blanda de la globalización se contraen, la presencia militar global ha crecido. Los presupuestos de defensa, particularmente en países de la OTAN, han aumentado un 7,6% en 2020, reflejando un posible retorno de la «globalización militar» como herramienta estratégica en tiempos de incertidumbre. Este fenómeno rompe con la tendencia de las últimas décadas, donde las relaciones militares habían perdido peso frente a lo económico y lo cultural.

    Por otro lado, la digitalización emerge como uno de los pocos ganadores de la pandemia. Si bien la globalización cultural y educativa sufre retrocesos en sus formas tradicionales, el auge del consumo digital y la tecnología ha compensado, en parte, estas pérdidas. Plataformas como Spotify, los servicios de streaming y los videojuegos han experimentado un crecimiento notable, mientras que sectores como la investigación científica se adaptan rápidamente a la virtualización.

    En resumen, la crisis del COVID-19 no ha supuesto un «fin de la globalización», sino una reconfiguración de sus dinámicas. La presencia militar y la digitalización podrían marcar el nuevo rostro de un mundo interconectado, mientras los intercambios económicos y humanos luchan por recuperarse de la mayor crisis global en décadas.

    (datos estadísticos proporcionados por el Real Instituto Elcano)