• PensamientoCritico

    La obediencia que no parece obediencia

    Una de las grandes lecciones de Milgram es que la obediencia peligrosa no siempre se vive como obediencia. El participante del experimento no se decía necesariamente a sí mismo: “estoy sometiéndome”. Más bien podía pensar que estaba colaborando con una investigación seria, siguiendo un procedimiento científico o cumpliendo una tarea que alguien más competente que él sabía interpretar mejor.

    Esto resulta muy importante para comprender nuestra vida social. Muchas veces no obedecemos porque alguien nos amenace de forma directa, sino porque el ambiente nos enseña qué conviene hacer. Sabemos qué preguntas pueden incomodar, qué opiniones pueden aislarnos, qué silencios nos protegen y qué palabras nos mantienen dentro del espacio aceptable. Nadie tiene que prohibirlo todo. Basta con que aprendamos a anticipar el coste de disentir.

    En ese sentido, la obediencia contemporánea puede ser mucho más difusa que la obediencia clásica. Puede adoptar la forma de protocolo, de consigna, de etiqueta moral, de prudencia profesional, de presión de grupo o de cálculo reputacional. No siempre hay un experimentador con bata blanca diciéndonos que debemos continuar. A veces hay un clima entero que nos empuja a no detenernos.

    El problema no es reconocer autoridades legítimas ni respetar normas comunes. Una sociedad necesita instituciones, expertos, procedimientos y coordinación. El problema aparece cuando todo eso sustituye al juicio personal. Cuando dejamos de preguntar si algo es justo, verdadero o proporcionado, y nos limitamos a comprobar si viene avalado por la autoridad correcta, el grupo correcto o el lenguaje correcto.