Sociedad

Cuando el Estado deja de servir

Durante mucho tiempo, buena parte del debate público sobre el Estado se ha movido entre dos eslóganes demasiado simples. Unos piden más Estado para resolver problemas que el mercado no corrige. Otros piden menos Estado para evitar abusos, ineficiencias y dependencia. Pero esa discusión, planteada en esos términos, corre el riesgo de dejar fuera la pregunta verdaderamente importante: no sólo cuánto Estado hay, sino qué tipo de Estado se configura y a quién termina sirviendo realmente.

Un Estado puede presentarse como protector, moderno y eficaz, y sin embargo ir organizando una red de accesos desiguales, favores y mediaciones interesadas. También puede hablar en nombre de la igualdad mientras permite que la cercanía al poder valga más que la regla. Ahí empieza una transformación silenciosa: lo público deja de percibirse como estructura de servicio al ciudadano y empieza a vivirse como un laberinto donde lo decisivo no siempre es el derecho, sino el acceso.

Este problema no se limita a la corrupción visible. Muchas veces aparece de forma más sutil. Se manifiesta en procedimientos que nadie entiende del todo, en regulaciones que benefician a quienes ya conocen el sistema, en trámites que obligan a recurrir a mediadores o en una creciente sensación de que para obtener un trato justo hace falta algo más que cumplir las normas. El ciudadano empieza entonces a sospechar que la administración no está pensada tanto para servirle como para ser habitada por quienes saben moverse dentro de ella.

Por eso, el verdadero criterio para juzgar al Estado no debería ser sólo su tamaño, sino su orientación. Un Estado digno de ese nombre no multiplica dependencias innecesarias, no convierte la complejidad en peaje y no premia a quienes se colocan entre la necesidad del ciudadano y la decisión pública. Cuando ocurre lo contrario, el problema ya no es sólo administrativo. Es político y moral. Y quizá una de las tareas del pensamiento crítico contemporáneo consista precisamente en aprender a reconocer ese momento en que el Estado deja de servir.