Sociedad

Libertad y vigilancia: por qué la sociedad no puede dormirse

Una de las grandes ilusiones contemporáneas consiste en pensar que la libertad queda garantizada una vez que existen leyes, elecciones e instituciones formales. Pero la libertad política nunca se mantiene sola. Necesita una sociedad viva, exigente, capaz de vigilar al poder y de corregirlo. Cuando esa energía social se debilita, incluso un sistema con apariencia legal y ordenada puede deslizarse hacia formas de dependencia, captura y extracción.

La imagen del “corredor estrecho”, desarrollada por Acemoglu y Robinson, ayuda mucho a entender esta cuestión. La libertad no nace de la simple debilidad del Estado, pero tampoco de su expansión sin límites. Nace de un equilibrio difícil entre capacidad estatal y fortaleza social. El Estado debe ser capaz de garantizar orden y reglas comunes, pero la sociedad debe conservar fuerza suficiente para impedir que esa capacidad se convierta en dominio. Cuando una de las dos partes desaparece o se debilita demasiado, el corredor empieza a cerrarse.

Esto tiene consecuencias muy concretas. Una sociedad que se acostumbra a no preguntar, que acepta sin más la complejidad opaca, que reduce la vida política a espectáculo o que renuncia a comprender cómo funcionan realmente las instituciones, deja al poder un margen creciente para reorganizarse en beneficio propio. No hace falta que aparezca una tiranía clásica. Basta con que aumenten los filtros, las mediaciones, la tecnificación opaca y la dependencia del acceso. La libertad puede deteriorarse también así, de forma menos visible, pero muy eficaz.

Por eso la vigilancia social no es una obsesión ni una forma de agitación permanente. Es una condición de la ciudadanía adulta. Significa conservar la capacidad de distinguir entre autoridad legítima y captura, entre servicio público y mercado de favores, entre técnica útil y opacidad rentable. Una democracia no se defiende sólo votando; se defiende también manteniendo despierta la inteligencia cívica. Y ese esfuerzo de vigilancia, quizá incómodo pero imprescindible, es uno de los pocos antídotos reales contra la deriva extractiva del poder.