La próxima semana publicaré un nuevo DG Focus, el H06, sobre el tema de la universalidad y la interversalidad; a lo largo de esta semana publicaré 5 posts sobre el tema del multiculturalismo, para “abrir boca”.
El multiculturalismo nació como una política bienintencionada para proteger minorías, pero acabó transformándose en un imaginario que exalta la diferencia como rasgo irreconciliable. El eslogan “todos diferentes, todos iguales” terminó promoviendo una sociedad de burbujas identitarias que apenas comparten valores comunes, erosionando el cemento cultural que antes ofrecía cierto sentido de pertenencia colectiva.
Al neutralizar las razones éticas y religiosas que sustentan las discrepancias, la versión dominante del multiculturalismo degenera en un secularismo militante: declara a las culturas “intraducibles” y las deja coexistir sin verdadero diálogo. El resultado es un pluralismo que prolifera sin criterios para sopesar el bien común, sustituyendo el debate público por la yuxtaposición de intereses incompatibles.
Además, el multiculturalismo refuerza la fragmentación al legitimar todo reclamo identitario como si fuese universal. Al no distinguir entre reconocimiento legítimo y reivindicaciones particulares, debilita la capacidad crítica de la sociedad para establecer límites y jerarquías de valores, lo que desemboca en relativismo normativo y proliferación de conflictos latentes.
Frente a este panorama, la pregunta que surge es si podemos concebir una convivencia que valore la diversidad sin convertirla en trincheras. La vía pasa por superar el “todos diferentes, todos indiferentes” y repensar la comunidad política a partir de vínculos significativos que permitan elaborar un horizonte compartido.