• Geopolítica

    DEMOGRAFÍA: LA CUENTA ATRÁS QUE APRIETA EL GATILLO (II)

    Mientras las cámaras enfocan los tanques, en segundo plano Rusia vive una crisis demográfica silenciosa. Una de cada diez personas supera ya los 65 años y la tasa de natalidad se desploma, fenómeno agravado por alcoholismo, enfermedades infecciosas y un sistema sanitario frágil. Con una población activa menguante, mantener un ejército numeroso y una economía competitiva se vuelve cada año más difícil.

    Estas tendencias no se revierten de la noche a la mañana. Añadir territorios con recursos, mano de obra joven o salidas al mar es, para el Kremlin, una forma de comprar tiempo. Incorporar a Ucrania —o, al menos, amputarle regiones clave— permitiría a Moscú acceder a 44 millones de habitantes, tierras fértiles y un corredor industrial que complementa sus propias carencias.

    La operación militar, por tanto, no responde solo a nostalgia imperial; es un intento de retrasar la inevitable contracción interna. Cada kilómetro ganado hoy puede significar unos años extra de relevancia estratégica mañana, antes de que el invierno demográfico convierta esa expansión en una carga insostenible.

  • Geopolítica

    FRONTERAS QUE SOSTIENEN A UN IMPERIO CANSADO (I)

    Reanudamos los sábados geopolíticos con una serie de 4 posts sobre la guerra Ucrania-Rusia.

    La historia de Rusia demuestra que el país nunca se ha sentido cómodo con fronteras “abiertas”. Desde los zares hasta el Kremlin contemporáneo, la estrategia ha sido crear un colchón de territorios propios o satélites que protejan el corazón político-económico situado entre Moscú y San Petersburgo. Sin Ucrania, Rusia pierde acceso directo al mar Negro y la puerta al Mediterráneo, además de quedar expuesta a la OTAN en una llanura sin defensas naturales.

    Ese vacío geográfico se hace todavía más dramático si recordamos que gran parte del suelo ruso es permafrost no apto para la agricultura. Sin puertos de aguas cálidas ni rutas terrestres controladas, la llegada de energía, alimentos y bienes estratégicos queda a merced de terceros. De ahí que cualquier intento de Kiev por acercarse a la Alianza Atlántica sea percibido como una amenaza existencial y no un simple giro diplomático.

    Al invadir, Moscú también manda un mensaje a otras repúblicas ex-soviéticas: nadie abandonará su esfera de influencia sin asumir un coste altísimo. Este gesto disuasorio —por brutal que resulte— busca conservar la profundidad defensiva imprescindible para un país cuya historia está plagada de invasiones a campo abierto, desde Napoleón hasta la Alemania nazi.

  • Geopolítica

    ACNUR: ENTRE LA EMERGENCIA Y LA GESTIÓN GEOPOLÍTICA DEL DESPLAZAMIENTO

    ACNUR opera en un estado de emergencia casi permanente: decenas de crisis simultáneas, con picos de máxima gravedad, lo convierten en un actor imprescindible para salvar vidas. Su triple eje —protección, asistencia y “soluciones” (repatriación, reasentamiento, integración)— permite responder con rapidez donde fallan los Estados. La organización distribuye ayuda vital (alimentos, agua, refugio, atención médica) y coordina esfuerzos internacionales que marcan la diferencia en Sudán, Siria o Afganistán cuando la supervivencia inmediata está en juego.

    Pero esa eficacia humanitaria convive con una dimensión sistémica más ambigua. ACNUR gestiona las consecuencias de un orden internacional que produce desplazamientos —guerras proxy, sanciones, colapsos estatales— sin capacidad real para atacar sus causas. Su financiación voluntaria y la necesidad de mantener relaciones con los mismos gobiernos que alimentan las crisis crean dependencias: se prioriza la administración del “síntoma” sobre la resolución estructural. Además, las “soluciones” tienen límites evidentes: el reasentamiento cubre a menos del 1% de los refugiados, la repatriación suele devolver a contextos no transformados y la integración local traslada costes a países de tránsito con recursos escasos.

    El poder de condicionamiento también es real. Estándares y marcos promovidos por ACNUR presionan a los Estados receptores a adoptar leyes, procedimientos y políticas de integración alineados con referencias internacionales más que con capacidades nacionales. En paralelo, la asignación de atención y recursos revela sesgos geopolíticos: algunos éxodos reciben trato preferente frente a otros de igual o mayor gravedad. La ampliación del fenómeno con los desplazamientos climáticos expone otra limitación: el mandato legal de ACNUR nació para conflictos y persecución política, no para crisis ambientales de escala creciente.

    El balance, por tanto, es dual. ACNUR salva vidas y es insustituible en la fase aguda de las emergencias; pero también opera como engranaje de un sistema que externaliza los costes humanos de decisiones geopolíticas. Reequilibrar esa tensión exige transparencia radical en la financiación, métricas de impacto que vayan más allá del conteo de entregas, mayor corresponsabilidad de los Estados que generan inestabilidad y vías reales —no testimoniales— para soluciones duraderas. Sin ello, el número de desplazados (ya en máximos históricos) seguirá creciendo, y la respuesta humanitaria continuará administrando el daño en lugar de reducirlo.