A primera vista, un modelo Sankey puede parecer simplemente un gráfico elegante. Líneas de distinto grosor unen varios nodos y dibujan trayectorias que parecen casi físicas, como si estuviéramos observando el movimiento de una sustancia a través de un sistema de canales. En su origen, de hecho, este tipo de diagrama se utilizó para representar flujos de energía o de materiales. Sin embargo, en los últimos años ha sido adoptado también en otros ámbitos, incluido el análisis de la manipulación informativa. Y ahí es donde empieza lo verdaderamente interesante.
Aplicado al estudio de la desinformación o de las FIMI, un Sankey permite representar cómo una narrativa puede desplazarse entre actores, plataformas, idiomas o audiencias. Un posible origen, una fase de amplificación, un momento de adaptación y una llegada a determinados públicos pueden quedar reflejados como una trayectoria visual. Esto resulta útil porque transforma una masa caótica de mensajes, publicaciones y enlaces en algo legible. Allí donde antes solo había miles de piezas dispersas, el gráfico ofrece una estructura.
Pero conviene no dejarse engañar por su aparente claridad. Un modelo Sankey no es una fotografía directa de la realidad informativa. Es una representación construida. Los nodos no estaban ahí esperando ser descubiertos de forma neutral; han sido definidos por el analista. Las conexiones tampoco son siempre observables de manera inmediata; a menudo se infieren a partir de similitudes semánticas, proximidad temporal, reutilización de enlaces o patrones de interacción. En otras palabras, el Sankey no “encuentra” sin más el flujo: lo modeliza.
Precisamente por eso tiene tanto valor como tanto riesgo. Su valor consiste en que permite ver trayectorias, amplificadores y bifurcaciones que de otro modo pasarían desapercibidos. Su riesgo está en que la claridad visual puede generar una falsa sensación de evidencia. Las líneas gruesas parecen importantes, las conexiones parecen sólidas y el conjunto transmite orden. Pero detrás de ese orden hay decisiones metodológicas, datos incompletos y márgenes de incertidumbre que no siempre se perciben a simple vista.
Aun así, sería un error despreciar estas herramientas por el hecho de ser parciales. Todo modelo simplifica. La cuestión no es exigirle una transparencia imposible, sino aprender a usarlo con inteligencia crítica. Un Sankey bien construido puede ayudar a comprender mejor cómo una narrativa se mueve, quién la amplifica y en qué momento cambia de escala. Puede servir al análisis, a la divulgación e incluso a la alfabetización mediática. Pero solo si recordamos siempre que el mapa no equivale al territorio.
En el fondo, la pregunta más interesante no es solo cómo funciona un modelo Sankey, sino qué implica culturalmente. Porque cuando una sociedad empieza a representar visualmente los flujos de manipulación, no solo gana capacidad de análisis: también gana una nueva forma de mirar el poder. Ya no se trata únicamente de quién dice qué, sino de quién consigue orientar la circulación del sentido y de quién tiene la capacidad de construir los mapas con los que interpretamos esa circulación.