• Geopolítica

    GUERRA DE ESTÁNDARES: QUIEN DEFINE EL “USO SEGURO” DEFINE EL MERCADO GLOBAL

    En geopolítica tecnológica, los estándares son una forma de poder. Los principios de la OCDE sobre IA (innovación + confiabilidad + derechos y valores democráticos) funcionan como un marco normativo flexible que muchos países pueden adoptar sin sentirse atados a un tratado. Es “diplomacia por vocabulario”: si todos hablan el mismo idioma, alguien acaba escribiendo el diccionario.

    Un caso similar es el proceso del G7 en Hiroshima, que produjo principios y un código de conducta voluntario para organizaciones que desarrollan IA avanzada. No es ley, pero es señal: delimita qué prácticas se consideran responsables y cuáles empiezan a oler a riesgo reputacional y regulatorio.

    En el Reino Unido, la Declaración de Bletchley (2023) cristalizó la preocupación por modelos “frontera” y la necesidad de cooperación para comprender y gestionar riesgos. De nuevo: no obliga, pero marca un carril.

    La batalla no es sólo “quién tiene el mejor modelo”, sino “quién consigue que su definición de seguridad, transparencia y responsabilidad sea la definición global”. En un mundo conectado, la norma más adoptada termina siendo la que más mercados abre… o la que más sanciones evita.

  • Geopolítica

    UIT: EL GOBIERNO INVISIBLE DE LAS COMUNICACIONES

    La Unión Internacional de Telecomunicaciones, UIT, actúa como el gran árbitro de la conectividad global: reparte el espectro radioeléctrico y asigna órbitas satelitales, recursos escasos de los que dependen telefonía, internet, navegación aérea y marítima, observación terrestre y defensa. Su narrativa es la de la cooperación técnica y la inevitabilidad del progreso; su poder real, el de fijar quién puede emitir, con qué tecnología y bajo qué condiciones. En la práctica, decisiones presentadas como “neutrales” moldean la manera en que miles de millones de personas se comunican.

    La gobernanza híbrida —Estados junto a centenares de actores privados y académicos— se resuelve en comisiones altamente técnicas donde quien dispone de músculo financiero y equipos especializados marca la agenda. Aunque muchas resoluciones se llaman “recomendaciones”, operan como normas de facto: la necesidad de interoperar convierte el “soft law” en obligación práctica. Así, estándares y planes de bandas no solo impulsan determinadas tecnologías y proveedores; también dejan en la cuneta alternativas que podrían favorecer autonomía local.

    Las implicaciones geopolíticas son claras. Al definir usos del espectro y corredores orbitales, la UIT influye en capacidades civiles y militares, en la vigilancia, en la resiliencia de infraestructuras críticas y en la balanza de poder entre plataformas centralizadas y soluciones descentralizadas. Bajo programas de inclusión digital y asistencia técnica, se crean dependencias tecnológicas que alinean a países en desarrollo con arquitecturas y equipos de los actores dominantes, reforzando un mapa de control que se decide lejos del escrutinio ciudadano.

    Reequilibrar este ecosistema exigiría transparencia radical en procesos y patentes, salvaguardas de interés público (privacidad por diseño, límites a la concentración), cuotas efectivas para países con menor capacidad técnica, evaluación de impacto social antes de estandarizar y una agenda explícita para interoperabilidad abierta y soluciones distribuidas. Sin estos contrapesos, la UIT seguirá operando como un gobierno tecnocrático invisible: eficiente, sí, pero inclinado a consolidar el poder de quienes ya controlan la infraestructura de nuestro siglo.