• Geopolítica

    EL PODER DE LOS DATOS: LA BATALLA SILENCIOSA ENTRE SEGURIDAD, MERCADO Y LIBERTADES

    Big Data es poder porque permite ver patrones: consumo, movilidad, opinión, vulnerabilidades. En la práctica, eso abre un triángulo de tensiones permanente: (1) seguridad nacional, (2) competitividad económica y (3) libertades civiles. La dificultad es que los tres objetivos compiten entre sí… y cada bloque geopolítico prioriza un vértice distinto.

    Por eso muchas políticas de IA no se entienden sin mirar el trasfondo: quién accede a datos, qué datos pueden cruzar fronteras, qué infraestructuras se consideran críticas, y cómo se gestionan riesgos de infiltración tecnológica. La discusión estadounidense sobre equipos y servicios vinculados a China, por ejemplo, se formula explícitamente en términos de acceso a datos e infraestructura.

    En Europa, la visión tiende a traducirse en “economía de datos” con reglas de acceso y reparto (Data Act) y en gobernanza del uso de IA (AI Act). El objetivo declarado es crear un entorno “justo e innovador”, pero el efecto geopolítico es también construir una frontera funcional: no de muros, sino de cumplimiento.

    Antes se espiaba para conseguir secretos. Ahora, a menudo, basta con dominar ecosistemas —routers, nubes, apps, marketplaces de datos— para que el secreto se vuelva “metadato”. Y el metadato, bien explotado, se convierte en ventaja estratégica.

  • Geopolítica

    IA Y BIG DATA: LA NUEVA “SOBERANÍA” YA NO SE DIBUJA EN MAPAS, SINO EN NORMAS

    En los últimos tiempos he publicado vario material acerca de la inteligencia artificial, sus límites elásticos, sus características… Los posts de esta semana son píldoras que quieren estimular el sentido crítico de los lectores que se interesan por la geopolítica y su influencia en la IA.

    Durante siglos, la soberanía se entendía como control de territorio. En la era de la IA y del Big Data, el control decisivo es quién fija las reglas sobre datos, modelos y usos. La Unión Europea ha convertido esta intuición en estrategia: no compite sólo con laboratorios, sino con arquitecturas regulatorias que vuelven exportable su manera de definir lo aceptable.

    El ejemplo más visible es el AI Act, que establece un enfoque por niveles de riesgo y despliega su aplicación de forma gradual. Lo interesante geopolíticamente no es el texto en sí, sino el efecto “gravitatorio”: empresas globales ajustan procesos para cumplir en Europa y, por inercia, esos estándares acaban influyendo en otros mercados.

    A ese marco se le suma el Data Act, ya aplicable desde el 12 de septiembre de 2025, que busca reordenar quién puede acceder a los datos generados por productos conectados y servicios, y en qué condiciones. Esto no es sólo “economía digital”: es poder estructural sobre la materia prima de la IA.

    La competición tecnológica se está transformando en competición normativa. Y cuando la norma manda, el que llega primero no sólo gana mercado: gana capacidad de definir la realidad.

  • Futuro,  Tecnología

    LO QUE NO CABE EN DATOS ¿DEJA DE EXISTIR?

    La digitalización tiende a reforzar el dominio biomédico por una razón simple: es lo más algoritmizable. Historias clínicas electrónicas, códigos diagnósticos, biomarcadores, guías clínicas, wearables… todo está diseñado para convertir el cuerpo en datos estructurados. El problema no es medir, sino lo que queda fuera de la medición: ¿cómo se codifica la armonía, el equilibrio, el sentido comunitario, la conexión con la tierra o dimensiones espirituales que muchas tradiciones consideran centrales para la salud?

    En ese punto, la infraestructura técnica se convierte en infraestructura cultural. Lo que no se puede digitalizar se vuelve invisible para el sistema: no porque sea falso, sino porque no encaja en sus categorías. La consecuencia práctica es potente: si una comunidad necesita hablar de su bienestar en su propio lenguaje, el sistema le exige traducirse al lenguaje biomédico para ser escuchada. Y esa traducción no es neutra: cambia prioridades, redefine problemas y condiciona las soluciones disponibles.

    Así, la estandarización necesaria para operar a escala puede transformarse en homogeneización. No hace falta prohibir otros enfoques: basta con no reconocerlos como “reales” a efectos de diagnósticos, seguros, prestaciones o legitimidad institucional. Si el ODS3 busca bienestar, el reto es evitar que la salud digital convierta el pluralismo humano en una nota al pie.