• Política

    DE CONSUMIDORES A PRODUCTOS

    Uno de los rasgos más inquietantes de la sociedad contemporánea es que ya no solo consumimos productos: en muchos ámbitos, también nos convertimos en productos. Nuestra atención, nuestros datos, nuestros hábitos, nuestros recorridos, nuestras preferencias y nuestras relaciones se transforman en información útil para sistemas económicos que no siempre comprendemos. La persona aparece como consumidora libre, pero al mismo tiempo es medida, perfilada, clasificada y anticipada. En la era digital, el mercado no solo nos vende cosas; también aprende a vendernos a nosotros como patrones de comportamiento.

    Esta lógica se percibe con fuerza en el mundo laboral. El empleo estable, con todos sus límites, ofrecía una cierta estructura de pertenencia y previsibilidad. Hoy crecen formas de trabajo por proyecto, encargos discontinuos, plataformas digitales, autoempleo forzado y trayectorias profesionales fragmentadas. La palabra “flexibilidad” funciona muchas veces como envoltorio amable de la precariedad. El trabajador debe convertirse en marca personal, actualizarse sin descanso, competir en mercados ampliados y demostrar continuamente su valor. La inseguridad se presenta como dinamismo; la desprotección, como libertad.

    También los vínculos personales se ven afectados por esta lógica líquida. La cultura digital facilita contactos, pero no siempre fortalece relaciones. La inmediatez, la comparación permanente y la posibilidad de sustitución rápida pueden trasladar al campo afectivo una mentalidad de consumo. Amistades, relaciones sentimentales y comunidades se vuelven más fáciles de iniciar, pero a veces más difíciles de sostener. La paciencia, la memoria compartida, la negociación y el compromiso pierden terreno frente a la satisfacción inmediata. No porque la tecnología obligue mecánicamente a ello, sino porque amplifica tendencias culturales ya presentes.

    El problema no es la fluidez en sí misma. Una sociedad demasiado rígida puede ser injusta, cerrada y opresiva. La movilidad, la innovación y la apertura pueden crear oportunidades reales. El problema aparece cuando la fluidez carece de cauces. Igual que el agua necesita canales para no arrasar lo que encuentra a su paso, la vida líquida necesita instituciones capaces de proteger sin paralizar. Derechos digitales, transparencia algorítmica, regulación laboral adaptada a plataformas, negociación colectiva renovada, protección social portable y educación crítica son algunos de los cauces posibles.

    Aquí entra también la idea de una ciudadanía multilocal. Las personas ya no habitan un único espacio de pertenencia. Viven en una ciudad concreta, participan de un Estado, pueden formar parte de una región supranacional, trabajan en redes globales, se informan a través de plataformas transnacionales y se ven afectadas por decisiones tomadas en lugares muy lejanos. La ciudadanía del siglo XXI debería reflejar esa realidad. No basta con pensar en un único nivel de participación. Necesitamos capas: municipal, estatal, regional, digital y global.

    Esta ciudadanía multilocal no debe entenderse como una disolución de la pertenencia, sino como una forma más precisa de describir la vida real. Hay problemas que se resuelven mejor en el municipio, porque afectan a la convivencia inmediata. Otros requieren instituciones nacionales, porque necesitan redistribución, seguridad jurídica y marco político común. Otros desbordan por completo al Estado: el clima, las migraciones, la inteligencia artificial, la fiscalidad de grandes plataformas, la seguridad digital o la protección de datos. Pretender resolver todos los problemas desde un solo nivel es una forma de ceguera institucional.

    La tarea, por tanto, consiste en recuperar agencia. Frente al trabajador convertido en marca, hace falta reconstruir derechos. Frente al usuario convertido en dato, hace falta transparencia. Frente al ciudadano reducido a consumidor, hace falta participación. Frente a vínculos debilitados por la lógica de sustitución, hace falta comunidad. Y frente a una globalización que multiplica dependencias invisibles, hace falta una ciudadanía capaz de actuar en varios niveles sin perder el arraigo.

    La pregunta decisiva ya no es solo dónde vivimos, sino en cuántos espacios somos afectados y en cuáles podemos participar. Una sociedad democrática no debería resignarse a que las decisiones se alejen cada vez más de quienes soportan sus consecuencias. La ciudadanía multilocal puede ser una respuesta a esa distancia creciente: una forma de recordar que la persona no es un perfil, ni una mercancía, ni una variable económica, sino un sujeto de dignidad, responsabilidad y participación.

  • Geopolítica

    EL PODER DE LOS DATOS: LA BATALLA SILENCIOSA ENTRE SEGURIDAD, MERCADO Y LIBERTADES

    Big Data es poder porque permite ver patrones: consumo, movilidad, opinión, vulnerabilidades. En la práctica, eso abre un triángulo de tensiones permanente: (1) seguridad nacional, (2) competitividad económica y (3) libertades civiles. La dificultad es que los tres objetivos compiten entre sí… y cada bloque geopolítico prioriza un vértice distinto.

    Por eso muchas políticas de IA no se entienden sin mirar el trasfondo: quién accede a datos, qué datos pueden cruzar fronteras, qué infraestructuras se consideran críticas, y cómo se gestionan riesgos de infiltración tecnológica. La discusión estadounidense sobre equipos y servicios vinculados a China, por ejemplo, se formula explícitamente en términos de acceso a datos e infraestructura.

    En Europa, la visión tiende a traducirse en “economía de datos” con reglas de acceso y reparto (Data Act) y en gobernanza del uso de IA (AI Act). El objetivo declarado es crear un entorno “justo e innovador”, pero el efecto geopolítico es también construir una frontera funcional: no de muros, sino de cumplimiento.

    Antes se espiaba para conseguir secretos. Ahora, a menudo, basta con dominar ecosistemas —routers, nubes, apps, marketplaces de datos— para que el secreto se vuelva “metadato”. Y el metadato, bien explotado, se convierte en ventaja estratégica.

  • Geopolítica

    IA Y BIG DATA: LA NUEVA “SOBERANÍA” YA NO SE DIBUJA EN MAPAS, SINO EN NORMAS

    En los últimos tiempos he publicado vario material acerca de la inteligencia artificial, sus límites elásticos, sus características… Los posts de esta semana son píldoras que quieren estimular el sentido crítico de los lectores que se interesan por la geopolítica y su influencia en la IA.

    Durante siglos, la soberanía se entendía como control de territorio. En la era de la IA y del Big Data, el control decisivo es quién fija las reglas sobre datos, modelos y usos. La Unión Europea ha convertido esta intuición en estrategia: no compite sólo con laboratorios, sino con arquitecturas regulatorias que vuelven exportable su manera de definir lo aceptable.

    El ejemplo más visible es el AI Act, que establece un enfoque por niveles de riesgo y despliega su aplicación de forma gradual. Lo interesante geopolíticamente no es el texto en sí, sino el efecto “gravitatorio”: empresas globales ajustan procesos para cumplir en Europa y, por inercia, esos estándares acaban influyendo en otros mercados.

    A ese marco se le suma el Data Act, ya aplicable desde el 12 de septiembre de 2025, que busca reordenar quién puede acceder a los datos generados por productos conectados y servicios, y en qué condiciones. Esto no es sólo “economía digital”: es poder estructural sobre la materia prima de la IA.

    La competición tecnológica se está transformando en competición normativa. Y cuando la norma manda, el que llega primero no sólo gana mercado: gana capacidad de definir la realidad.

  • Futuro,  Tecnología

    LO QUE NO CABE EN DATOS ¿DEJA DE EXISTIR?

    La digitalización tiende a reforzar el dominio biomédico por una razón simple: es lo más algoritmizable. Historias clínicas electrónicas, códigos diagnósticos, biomarcadores, guías clínicas, wearables… todo está diseñado para convertir el cuerpo en datos estructurados. El problema no es medir, sino lo que queda fuera de la medición: ¿cómo se codifica la armonía, el equilibrio, el sentido comunitario, la conexión con la tierra o dimensiones espirituales que muchas tradiciones consideran centrales para la salud?

    En ese punto, la infraestructura técnica se convierte en infraestructura cultural. Lo que no se puede digitalizar se vuelve invisible para el sistema: no porque sea falso, sino porque no encaja en sus categorías. La consecuencia práctica es potente: si una comunidad necesita hablar de su bienestar en su propio lenguaje, el sistema le exige traducirse al lenguaje biomédico para ser escuchada. Y esa traducción no es neutra: cambia prioridades, redefine problemas y condiciona las soluciones disponibles.

    Así, la estandarización necesaria para operar a escala puede transformarse en homogeneización. No hace falta prohibir otros enfoques: basta con no reconocerlos como “reales” a efectos de diagnósticos, seguros, prestaciones o legitimidad institucional. Si el ODS3 busca bienestar, el reto es evitar que la salud digital convierta el pluralismo humano en una nota al pie.