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    DEFENDERSE SIN CAER EN EL CONTROL

    La preocupación por las campañas de interferencia informativa es legítima. Una sociedad abierta puede ser vulnerable a operaciones diseñadas para exacerbar sus fracturas, erosionar su confianza institucional o alterar la percepción colectiva de determinados acontecimientos. Negar ese problema sería ingenuo. Sin embargo, reconocerlo tampoco resuelve automáticamente la cuestión más difícil: cómo defender el espacio público sin deteriorar las libertades que precisamente se quieren proteger.

    Aquí aparece una tensión central de nuestro tiempo. Las herramientas de análisis FIMI, incluidos los modelos Sankey y otros sistemas de detección de flujos narrativos, pueden contribuir a identificar patrones de amplificación artificial, conexiones opacas y operaciones hostiles. Pero esa misma capacidad puede ser utilizada también de una manera más ambigua. En nombre de la protección frente a la manipulación, puede ampliarse la vigilancia, endurecerse la moderación, reducirse la visibilidad de ciertos contenidos y extenderse la sospecha sobre discursos incómodos o no alineados.

    El problema se vuelve especialmente delicado cuando las categorías se ensanchan demasiado. No todo discurso crítico, minoritario o radical es una operación FIMI. No toda coincidencia con intereses extranjeros equivale a interferencia. No toda circulación intensa de una narrativa demuestra manipulación coordinada. Si la frontera entre disenso legítimo e intervención hostil se vuelve borrosa, la defensa frente a la manipulación puede deslizarse hacia una forma de tutela informativa. Y esa deriva, aunque se presente con lenguaje técnico o con justificaciones de seguridad, no deja de ser preocupante.

    Por eso, cualquier política seria en este ámbito debería apoyarse en criterios muy claros: definición precisa del problema, transparencia metodológica, proporcionalidad en las respuestas, revisión independiente de decisiones sensibles y protección explícita del debate legítimo. Combatir redes falsas, comportamiento no auténtico o campañas encubiertas no es lo mismo que establecer un perímetro oficial de opiniones aceptables. Confundir ambas cosas empobrece la vida democrática.

    También aquí los modelos visuales tienen un papel ambiguo. Un gráfico convincente puede ayudar a alertar sobre una operación real, pero también puede convertirse en argumento de autoridad para justificar decisiones insuficientemente discutidas. Su fuerza persuasiva obliga a una responsabilidad mayor. No basta con que el modelo sea vistoso; debe poder ser examinado, contextualizado y, en la medida de lo posible, discutido públicamente.

    En última instancia, la mejor defensa frente a las FIMI no puede ser solo tecnológica ni policial. Necesita también una ciudadanía más madura, más formada y más capaz de distinguir entre influencia, propaganda, crítica, manipulación y control. Las sociedades no se fortalecen únicamente porque tengan mejores sistemas de vigilancia narrativa. Se fortalecen sobre todo cuando sus miembros conservan suficiente libertad interior como para no delegar completamente su juicio, ni en la propaganda que circula, ni en los expertos que pretenden interpretarla por ellos.