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    LÍMITES, SESGOS Y FALSA PRECISIÓN EN EL ANÁLISIS DE LA DESINFORMACIÓN

    Vivimos en una época que siente una gran fascinación por la visualización. Cuando un fenómeno complejo se convierte en gráfico, muchos tienen la sensación de que ya ha sido comprendido. Las líneas, los nodos, los porcentajes y los colores transmiten una impresión inmediata de orden. Y, sin embargo, una de las primeras lecciones del pensamiento crítico consiste precisamente en desconfiar de esa comodidad. Un gráfico puede aclarar, sí, pero también puede simplificar demasiado. Y eso vale especialmente para los modelos utilizados en el análisis de la manipulación informativa.

    Los Sankey, por ejemplo, pueden mostrar circulación, volumen y bifurcaciones narrativas. Pero eso no significa que puedan mostrar con la misma claridad la influencia real, la recepción de las audiencias o la sedimentación cultural de una narrativa. Una línea gruesa puede indicar mucha actividad visible, pero no necesariamente una huella profunda. Una línea más fina puede corresponder a un canal mucho más decisivo si actúa como puente entre comunidades distintas o si confiere legitimidad a un relato ante un público concreto. El tamaño visual no siempre coincide con la importancia estratégica.

    Tampoco resulta fácil representar la intención. En una operación FIMI pueden intervenir actores muy diversos: emisores iniciales, amplificadores conscientes, oportunistas ideológicos, usuarios espontáneos o simples repetidores de mensajes. El gráfico puede reunirlos en una misma trayectoria, pero no por ello aclara automáticamente las motivaciones de cada uno. A veces hay coordinación real; otras veces solo hay afinidad, convergencia o imitación. Interpretar toda conexión como prueba absoluta de una operación centralizada sería un error.

    Otro límite importante tiene que ver con los datos. Lo que se representa en el modelo depende de lo que se ha podido observar. Las plataformas abiertas, los mensajes públicos y los entornos fácilmente rastreables aparecen con más facilidad. En cambio, los canales privados, los grupos cerrados, ciertas lenguas poco cubiertas o la circulación offline suelen quedar mucho más ocultos. El mapa, por tanto, puede terminar mostrando con gran precisión lo que es más visible, no necesariamente lo que es más importante.

    A esto se suma un problema especialmente delicado: la falsa precisión. Cuanto más limpio y ordenado es el gráfico, más fuerte puede ser la tentación de creer que estamos ante una imagen concluyente. Pero el análisis de la manipulación se apoya a menudo en inferencias, umbrales, decisiones de agrupación y definiciones discutibles de lo que cuenta como narrativa o como coordinación. El resultado puede ser muy útil, pero nunca debería ser leído como una verdad automática e indiscutible.

    Por eso, la mejor actitud no es ni el entusiasmo ciego ni el rechazo simplista. Lo razonable es examinar estos instrumentos con la misma vigilancia crítica con la que examinamos las narrativas que pretenden cartografiar. Preguntar por los datos, por los sesgos, por las categorías, por las ausencias y por el contexto institucional desde el que se produce el modelo. En una época de manipulación informativa, no basta con aprender a detectar propaganda. También hay que aprender a leer críticamente los mapas que se construyen para explicarla.