Política

AMAR LO PROPIO SIN CERRAR EL MUNDO

La discusión sobre la ciudadanía suele quedar atrapada en una oposición demasiado simple: o se defiende la pertenencia nacional, o se apuesta por una ciudadanía universal; o se ama la patria, o se mira hacia la humanidad; o se protege lo cercano, o se abraza lo global. Pero esa alternativa, presentada tantas veces como inevitable, empobrece el problema. La vida humana no funciona en compartimentos cerrados. Nadie nace simplemente como “ciudadano del mundo”, del mismo modo que nadie vive únicamente encerrado en su barrio, su región o su nación. La pertenencia humana es siempre gradual, múltiple y concreta.

Por eso resulta interesante recuperar la idea de un patriotismo cosmopolita. A primera vista, la expresión parece contradictoria. El patriotismo remite a un vínculo particular, a una tierra, a una historia, a una lengua, a una comunidad política concreta. El cosmopolitismo, en cambio, parece apuntar hacia una lealtad más amplia: la humanidad, los derechos universales, la responsabilidad ante problemas que no caben dentro de las fronteras. Sin embargo, ambas dimensiones pueden convivir si entendemos el patriotismo no como idolatría de la nación, sino como compromiso responsable con una comunidad política concreta abierta a más amplios principios de justicia.

Amar lo propio no debería significar despreciar lo ajeno. Una patria sana no se construye sobre la exclusión permanente del otro, sino sobre la conciencia de que lo recibido —lengua, memoria, instituciones, cultura, vínculos— debe ser cuidado y transmitido sin convertirse en arma contra los demás. En este sentido, el patriotismo puede entenderse como una escuela de responsabilidad: aprendemos a cuidar lo cercano para poder comprender mejor la necesidad de cuidar también lo común. Quien no sabe amar una comunidad concreta difícilmente amará de verdad a una humanidad abstracta; pero quien absolutiza su comunidad concreta acaba negando la dignidad de todos los que quedan fuera de ella.

El patriotismo cosmopolita propone una pertenencia en círculos concéntricos. La familia, el vecindario, la ciudad, la nación, la civilización y la humanidad no tienen por qué anularse mutuamente. Cada círculo añade una responsabilidad distinta. La cercanía nos da rostros, afectos y obligaciones inmediatas; la dimensión global nos recuerda que nuestras decisiones están conectadas con vidas que nunca veremos. La globalización económica, tecnológica y ecológica ha hecho evidente esta interdependencia: lo que se decide en un mercado financiero, en una plataforma digital o en una cumbre climática puede afectar a millones de personas que no han participado en esa decisión.

Por eso, la educación cívica del siglo XXI no puede limitarse a enseñar símbolos nacionales ni tampoco puede disolverse en un universalismo vacío. Necesita formar personas capaces de reconocer sus raíces sin quedar prisioneras de ellas. Esto implica conocer la propia historia, pero también la historia de otros pueblos; valorar la propia tradición, pero sin convertirla en coartada para la indiferencia; participar en la vida nacional, pero entendiendo que algunos problemas —clima, migraciones, inteligencia artificial, pobreza extrema, guerras híbridas, desinformación— exigen formas de cooperación que superan al Estado.

El patriotismo cosmopolita no debilita la ciudadanía. Al contrario, puede fortalecerla. Una ciudadanía encerrada en sí misma se vuelve defensiva, temerosa y fácilmente manipulable. Una ciudadanía desarraigada, en cambio, se vuelve abstracta, frágil y sentimental. Entre ambos extremos hay una vía más fecunda: pertenecer de verdad a un lugar, pero sin olvidar que ningún lugar agota la dignidad humana.