Desinformacion

QUÉ SON LAS FIMI Y POR QUÉ NO SE REDUCEN A LAS FAKE NEWS

En los últimos años ha ido ganando presencia una expresión que, aunque todavía no es del todo conocida fuera de ciertos ámbitos especializados, resulta cada vez más importante para entender la manipulación informativa contemporánea: FIMI, siglas de Foreign Information Manipulation and Interference. Traducido de forma sencilla, el término remite a prácticas de manipulación e interferencia informativa promovidas o aprovechadas por actores extranjeros para influir en el entorno informativo de otra sociedad. Pero conviene precisar desde el principio que no estamos hablando simplemente de “fake news”.

La expresión “noticias falsas” se queda corta porque sugiere un problema limitado al contenido: una mentira circula, alguien la cree, alguien la desmiente. Las FIMI apuntan a algo más amplio. No solo se trata de introducir afirmaciones falsas, sino de intervenir estratégicamente en un ecosistema informativo. Eso puede incluir amplificación artificial, ocultación de autoría, uso de redes coordinadas, explotación de fracturas sociales, reformulación de narrativas según el público y una mezcla muy variable de verdades parciales, silencios, insinuaciones y marcos emocionales. En otras palabras, la cuestión no es solo qué se dice, sino cómo se altera el espacio en el que ese decir circula.

Este punto es decisivo porque nos obliga a salir de una visión demasiado ingenua del problema. Muchas campañas de interferencia no buscan necesariamente que la población crea una gran mentira única. A veces les basta con sembrar confusión, desgastar la confianza, alimentar el cinismo o debilitar la capacidad de una sociedad para orientarse. No siempre quieren convencer de una tesis cerrada; a menudo prefieren que todo parezca dudoso, que toda versión compita con todas las demás y que la verdad pierda estabilidad pública.

Por eso las FIMI suelen encontrar terreno fértil allí donde ya existen heridas previas. Polarización política, desconfianza institucional, cansancio social, inseguridad económica, resentimiento cultural o frustración ante las élites pueden convertirse en canales de entrada perfectos. La interferencia extranjera rara vez crea desde cero todas esas tensiones; más bien las detecta, las explota y las reorganiza en marcos narrativos útiles para sus intereses. Esa es una de las razones por las que combatir las FIMI exige también examinar nuestras propias vulnerabilidades internas.

Sin embargo, aquí aparece una tensión importante. Reconocer la existencia de estas operaciones no debería llevarnos a sospechar automáticamente de toda crítica, de todo malestar social o de toda disidencia política. Una sociedad libre necesita distinguir entre interferencia manipulativa y disenso legítimo. Si todo discurso incómodo puede ser etiquetado como influencia extranjera, la defensa del espacio público corre el riesgo de convertirse en control del espacio público. Por eso, hablar seriamente de FIMI exige rigor, prudencia y una definición clara del problema. Entender las FIMI, en definitiva, significa comprender que la manipulación informativa actual ya no puede analizarse solo como una colección de contenidos falsos. Es una intervención sobre la percepción, la confianza y la orientación colectiva. Y precisamente por eso requiere nuevas formas de análisis, pero también nuevas formas de responsabilidad pública. No se trata solo de detectar mensajes sospechosos, sino de aprender a ver cómo se construye, se amplifica y se infiltra una narrativa dentro del tejido de la conversación social.