Geopolítica,  Globalización

LA RED NO ERA TAN FLEXIBLE COMO PARECÍA

La globalización se presentó durante años como una gran red abierta, dinámica y capaz de absorber perturbaciones casi de forma automática. Cuanto más conectado estuviera el mundo, parecía decirse, más difícil sería una ruptura grave del sistema. La interdependencia se interpretó casi como una garantía de estabilidad. Sin embargo, esa imagen ha empezado a resquebrajarse de manera cada vez más visible.

El problema de fondo es que no toda red compleja es una red robusta. Una estructura puede parecer muy extensa y muy sofisticada, y al mismo tiempo depender de unos pocos nudos críticos. Puede dar impresión de flexibilidad y, sin embargo, esconder una gran rigidez. En otras palabras, la amplitud de las conexiones no basta por sí sola para garantizar resiliencia.

Eso es precisamente lo que estamos viendo en la economía global contemporánea. Bajo la superficie de la apertura y de la eficiencia, se han ido concentrando dependencias estratégicas: corredores sensibles, rutas decisivas, logística ajustada al máximo, cadenas de suministro con márgenes mínimos y sectores enteros apoyados en equilibrios bastante más delicados de lo que parecía. Mientras nada importante fallaba, el sistema parecía admirable. Cuando ciertos puntos entran en tensión, aparece su fragilidad.

Por eso conviene revisar el lenguaje con el que hemos descrito durante décadas el orden global. No basta con repetir que vivimos en un mundo interconectado. La pregunta decisiva es otra: qué clase de interconexión hemos construido, cuántos puntos críticos concentra y cuánto de nuestra normalidad cotidiana depende de soportes que apenas vemos. Tal vez la red no era tan flexible como parecía. Tal vez era simplemente muy eficiente mientras no se pusieran a prueba sus costuras.